Feminismo de pie

Feminismo de pie

«Escribir [es] una herramienta para contribuir a la realización de un mundo mejor», Herminia Brumana.

Brumana atravesó relaciones tensas con el feminismo de su época, a pesar de dirigirse fundamentalmente a la mujer en sus escritos. No se sentía representada por el movimiento ni quiso incorporarse a él. De hecho, llega a cuestionar la lucha por el sufragio, igual que Alfonsina Storni. Sin embargo, en lo esencial, sí observa, sí percibe que la mujer de su tiempo (de clase media y, a veces, trabajadora) merece un lugar principal en su obra. Detecta que algo falla en el sistema; que la mujer se somete al hombre no por ser inferior, sino por serlo considerada. Quiere cambiarlo desde algún sitio, de alguna manera.

«El feminismo anarquista es un feminismo paradojal, es un feminismo que no le gusta asumir el concepto de feminista», Dora Barrancos.

Algunos aspectos de sus textos nos resultan contradictorios. Pero siempre prima en ellos la búsqueda de la realidad, la denuncia de lo injusto. Brumana escuchó a las mujeres (y a sí misma) y expuso sus problemas. Sus aportaciones conforman una especie de protofeminismo indispensable para lo que consideraríamos feminismo hoy; su voz fue una voz femenina, disidente e inconformista que, ante todo, durante toda su vida, se dedicó a luchar.

Brumana es indispensable porque es indispensable dar cabida en la literatura a la voz de la mujer.

«Fue una mujer libre e independiente, contestataria ante toda injusticia y tenaz en su creencia que se debía luchar sin claudicaciones contra la desigualdad social, en todas sus manifestaciones», Lea Fletcher.

 

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Brumana, una mujer que luchó por la libertad de expresión

Brumana, una mujer que luchó por la libertad de expresión

Hoy, 3 de mayo, se celebra el Día Internacional de la Libertad de Prensa, proclamado por la ONU en 1993. La fecha recuerda la instauración de la Declaración de Windhoek sobre la libertad de ejercicio del periodismo, una labor que también desempeñó Herminia Brumana en revistas de su país, en prensa y en el modo de narrar los viajes que hizo alrededor de los Estados Unidos y Europa.

Herminia Brumana fundó en su localidad natal, en julio de 1917, la revista literaria, social y crítica Pigüé. Apareció mensualmente y fue su directora del número 1 al 9, y colaboradora hasta junio de 1918. En el primer número proclamaba su intención:

caras y careta
Caras y Caretas, 1937

“Pigüé no es una publicación política ni encuadra en ningún credo filosófico determinado porque no son los rótulos los que hacen buenos a los hombres sino su corazón y su inteligencia.  Pigüé se ha dado una finalidad: aumentar el caudal artístico, literario, ético, porque este es luz interior que higieniza el alma, levanta el espíritu y fortalece la voluntad, a semejanza del sol, cuyos rayos doran las mieses, vigorizan los músculos y tonifican los nervios. ¡Vivir sin ideal sería vivir sin sol! Sus orientaciones responderán, pues, a un ideal amplio, humano y tolerante con todos los ideales. Sin olvidar el sedimento atávico que dormita en el fondo del corazón humano, presto a incubar todas las regresiones, cree en la universalidad del progreso, cree en la perfección indefinida de la sociedad y del individuo, cree en la ciencia, en la verdad, en el bien, en la virtud, en la justicia y en la redención humana gestada incesantemente por la ciencia y conciencia de los hombres”.

Escribió con su nombre, con iniciales y bajo seudónimos como: El pesao grúa, para tratar temas como la hipocresía y el sufragio femenino; Zúley, dirigida exclusivamente a las mujeres; La maestra ciruela, donde con toque humorístico habla de los maestros autoritarios y de la necesidad de ideas renovadoras en la enseñanza; El de la rubia melena, una especie de testigo que registra en su libreta acontecimientos sociales, políticos, culturales de la vida del Pigüé de entonces.

Sus ideas no fueron bien recibidas por las autoridades escolares del pueblo, que consideraban que debía ceñirse a su tarea específica de maestra. Recibió una nota que exigía que eligiera entre la revista y su puesto. Herminia, según cuenta Norma Perera, museóloga experta en la autora, la leyó, tomó un lápiz de color rojo y, como si fuera uno de los habituales deberes que pasaban por sus manos, la calificó al margen: “Ortografía: 0”. La firmó y la devolvió. Entonces no contaba ni con veinte años. Tuvo que viajar hasta La Plata para defenderse ante el inspector general de escuelas, Juan Francisco Jáuregui, tras abrírsele un sumario. Jáuregui la apoyó al conocerla: “Era Herminia la mujer de mentalidad más vigorosa, de más fina sensibilidad y de voluntad más firme que he conocido”, dijo.

Cabe destacar la publicación de su primer libro, Palabritas, en 1918, por ella misma, que desató también el conflicto por las ideas innovadoras que en él se expresaban. Tuvo que acudir de nuevo a La Plata a defenderse ante Jáuregui de quienes quisieron que eligiera entre escribir o enseñar: “Señor me han informado que el inspector general sabe escuchar, y que resuelve sin prestar atención a las recomendaciones… y, aquí estoy confiada en usted, y sepa que he venido de Pigüé, solita y sin recomendaciones, porque yo no sé pedir favores. Sólo sé pedir justicia”, le dijo. Más tarde, Jáuregui diría sobre Palabritas: “Los hombres grandes, pero con el cerebro anquilosado y el corazón más chiquito que cualquier palabra de Palabritas (…) quisieron crucificarla (…) por decir con palabras pequeñas por sencillas, grandes verdades”.

Entre los colaboradores de “Pigüé”, estaba Juan Antonio Solari, socialista con el que se Herminia Brumana se casó en 1921.

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Sobre Herminia en las publicaciones de la época

Además de su labor en la revista Pigüé, Brumana escribió en periódicos y revistas del país, desde modestas hojas a publicaciones más importantes. Radicada en Buenos Aires, colabora en Caras y Caretas, Nosotros y, tras editar Cabezas de mujeres en 1923, logra un importante reconocimiento por parte de la crítica en la prensa periódica, al considerarla una apuesta valiente. Aquellas revistas en las que con más regularidad aparecieron notas suyas fueron Mundo argentino, El Hogar y La novela semanal. También en la revista Estampa. Participó en el suplemento cultural de La Nación de Buenos Aires, El Trabajo de Mar del Plata, La Nueva Provincia de Bahía Blanca, El suplemento y otras publicaciones en las que deja patente su preocupación por la situación de la mujer, los niños y el mundo que la rodea.

Herminia Brumana, también en sus viajes, mostró una enorme capacidad para ver y contar más allá de los edificios y los caminos, interesarse y ser sensible, en definitiva, ahondar en los seres humanos, condición indispensable que comparten el buen escritor y el buen reportero: “Regresar es terrible, pienso a veces. Y regresar así con cierta responsabilidad en contar lo que vimos, en opinar, en juzgar también, en pretender ser útil a los demás informándoles de cosas lejanas que puedan interesarles, anticipándoles un viaje que ojalá realicen pronto… A veces querríamos haber ido y vuelto sin que nadie se enterara, pero al mismo tiempo desechamos la idea, que nos parece egoísta, y la crónica surge”, escribe en Notas de Viajes.

Kapuściński decía que es un error escribir sobre alguien con quien no se ha compartido al menos un trozo de vida. Brumana revivió en el papel para otros la emoción vívida de todo lo compartido en el lugar y con las personas. Luchó por la libertad de prensa y expresión hasta su muerte e intentó a través de su escritura hacer protagonistas a todos los seres cotidianos que encontró a su paso.

Nunca es tarde para reconocer el trabajo del artista

Nunca es tarde para reconocer el trabajo del artista

En 2017 se cumplieron ciento veinte años del nacimiento de Herminia Brumana y son varios los homenajes que en su pueblo, Pigüé, se están haciendo, como el denominado Encuentro brumaniano que pueden ver aquí https://www.youtube.com/watch?v=iG0midPo5l8 y a través del que conocerán más sobre quién fue la autora, su vida y su obra.

Norma Perera
Norma Perera, museóloga

Norma Perera es museóloga investigadora experta en Herminia Brumana. En 2003, y con motivo del Día de la Mujer, realizó una exposición en el Museo Regional de Pigüé, actual Museo y Archivo de la ciudad, donde trabajó hasta 2009. Gracias a su investigación, tenemos acceso a las cartas que Brumana recibió de Alfonsina Storni y de Juana de Ibarbourou. https://lavidadepie.wordpress.com/2018/03/28/grandes-mujeres/

Mi amiga:

            Me envían a Baradero, desde donde le escribo, su cartita.

            Estuve en Rosario en casa de mi madre; en la entrante semana estaré allí y la veré.

            Tenemos que ser amigas Hermy, como veo, le agrada que la llamen.

            Hasta prontito.

           Muy suya.

                                         Alfonsina

 

 

            Mi querida muchachita: ayer 17, recibí sus líneas del 16. No le contesté ayer mismo pues tengo otra vez a mi marido delicado: un nuevo ataque de urea. Y hasta unos días más, no podré enviarle el paquete que tengo para usted, en el que incluyo unas pequeñeces para el nene.

            Recibí ¡y cuanto se lo agradezco! todo lo que me envió. Eso sí; de esto le acusé recibo enseguida, y espero que, aunque con algún retraso, originado por la falta de oficina de correos por este lugar, ya estará en su poder.

            Escríbame, no me olvide. ¿Creerá, mala muchachita, que le he tomado cariño? Leo, con mucho interés, de noche, mientras velo a mi enfermo, sus Cabezas de mujeres. ¡Hermoso y valiente libro, Herminia! Parece increíble que usted con su aire de niña y su dulzura y su sonrisa, tenga tal fuerza interior.

            Mis saludos a su esposo y un beso al niñito.

            La abraza su amiga.

                                                                  Juana.

 

Precisamente, de Cabezas de Mujeres se está poniendo en marcha una serie de televisión, de la mano de Núcleo Audiovisual.

Miniserie Cabezas de Mujeres
Cabezas de mujeres. La estética de la serie recuerda mucho a Amar en tiempos revueltos https://www.youtube.com/watch?v=6O4JIwIOkPo

«Yo soy, simplemente, una mujer que vive a tono con su corazón y cuyos trabajos -estas pequeñas cosas que yo llamo trabajo porque algún nombre hay que darles- podrán parecerles a ustedes unas veces oportunos, otras malísimos, pero que siempre han sido hechos para decir algo y no para que se diga que escribo». En vísperas del Día Internacional del Trabajo, viene bien recordar a las mujeres que salieron a la calle y quisieron cambiar el mundo con sensibilidad útil, aunque solo sea por llevarle la contraria a Herminia:

«Tal vez porque no se sabe el esfuerzo del que crea -ya que este país es fruto de la improvisación-, no se da al trabajo, sobre todo a la tarea intelectual, el mérito que tiene. Y es una pena, porque el valor de un pueblo está en relación directa con el respeto que este ofrezca a sus artistas».

Palabras rioplatenses

Palabras rioplatenses

La riqueza lingüística del español resulta indiscutible, especialmente dado su amplísimo alcance; es la lengua materna de más de 477 millones de personas en todo el mundo, la segunda más hablada después del chino mandarín.* Sus hablantes aumentan cada año. Asimismo, como toda lengua, su evolución es constante principalmente por cuestiones diatópicas (es decir, según la zona y por contacto con otras lenguas) y diacrónicas (el transcurso del tiempo). La variedad rioplatense supone una de las más peculiares.

Español_rioplatense

Como su nombre indica, es la variedad correspondiente a la zona circundante al Río de la Plata, y abarca parte de Argentina y Uruguay. La pigüense Brumana, consciente de sus raíces y del poder del lenguaje, inunda trocitos de su obra con el habla popular de su tierra. No escapa, sin embargo, del influjo del considerado español normativo de España (desde una perspectiva eurocentrista). Vacila constantemente entre lo que aprecia correcto y el modo de hablar de sus paisanos; procura entonces acogerse a la norma, pero permite localismos, duda entre una grafía u otra.

La autora coincide cronológicamente con las oleadas migratorias que llegaron a Argentina a finales del siglo xix y principios del xx. Es, de hecho, de familia italiana. Como todos, está familiarizada con extranjerismos, que proceden especialmente del país de su familia, del francés o algo del inglés. Pertenecen a su léxico habitual palabras tales como porter, affiche, rouge, filet. Escribe football, snob, sin adaptar todavía su ortografía a los actuales fútbol y esnob. Además, vosea. Su voseo es pleno, usa vos, conjuga el verbo de manera diferente; dice vos comprendés y vos escribís, pero sigue dudando y trata de suprimirlo en su escritura y dice tú duermes y tú cantas y tú lloras.

Es queísta a veces, poco (Me alegro que vinieran), duplica el complemento directo, también poco (Me besaron a mí).

Y, probablemente, aunque no lo percibamos en su obra, Brumana también pronunciaría la ll con ese yeísmo vibrante tan dulce, tan argentino.

… revoloteo de palabras que se sueltan como mariposas exploradoras entre dos almas…

Herminia Brumana, «Cita a las seis de la tarde»,
en La vida de pie, Libros de la Ballena

* Datos del informe anual del Instituto Cervantes de 2017 («El español: una lengua viva. Informe 2017»). Puede leerse completo aquí: https://cvc.cervantes.es/lengua/espanol_lengua_viva/pdf/espanol_lengua_viva_2017.pdf

El primer arraigado

El primer arraigado

Prodigando su faceta docente, Herminia Brumana escribió numerosos relatos y ensayos sobre la cultura, costumbres, tradiciones e historia argentina y criolla. En su libro A Buenos Aires le falta una calle encontramos la mayoría de estos textos. Precisamente, hoy os dejamos un extracto del relato que da título al libro. A través de esta anécdota histórica, Brumana pretende realzar y defender los valores criollos y la libertad.

 

«Todas las partes del mundo nos han procurado jóvenes que, deponiendo su bagaje de esperanzas e ilusiones en aras de una causa justa, se llegaban hasta nosotros […].

Esta fuerza de asimilación característica de nuestro suelo tiene lejanos antecedentes, y el primer arraigo lo encontramos en un episodio de la más romántica de todas las fases de la historia patria: las invasiones inglesas.

Se llamaba Miguel Skennon y podríamos decir que fue el primer extranjero acriollado, ganándose tal título a fuerza de coraje y a costa de su vida.

Entre las tropas británicas que, buscando puertos para el comercio del imperio, llegaron a Buenos Aires, vino como cabo del ejército el irlandés Miguel Skennon. Él, como los demás invasores, presencia la reacción de una población pacífica que, a pesar de su pobreza, no consiente en aceptar nuevos amos.

[…]

Como Miguel Skennon, muchos de los soldados invasores debieron adivinar en estos habitantes pacíficos y generosos, altivos y conscientes de sus derechos, las dos virtudes máximas que enaltecen a un pueblo: el coraje y la ternura, lo que motivó que el general inglés Beresford, para que los integrantes de su tropa no simpatizaran demasiado con los vencidos, dictara el bando con aquella amenaza: “Pena de muerte al nativo que se encuentre en compañía de un soldado inglés”.

Pero es difícil evitar con bandos lo que la sangre reclama, y he aquí que el cabo Skennon no puede sofocar el sentimiento que esta población le inspira […].

Lo cierto es que, a menos de un mes de su desembarco, cuando los nativos deciden arrojar de sus playas al invasor, ocurre que… Es la llamada Chacra de Perdriel, donde Pueyrredón, sin esperar refuerzos, a la cabeza de un grupo de jinetes, embiste a la infantería inglesa presentando combate. Sucede lo lógico: desbandada total de las fuerzas criollas.
Cuando el general inglés, dueño del campo de batalla, manda avanzar a sus tropas, observa que desde una tapia semiderruída alguien continúa haciendo fuego contra ellos. Beresford ordena rodear el muro, donde su obstinado enemigo sigue resistiéndose hasta agotar sus proyectiles, y encuentra que el absurdo defensor de Buenos Aires es nada menos que su súbdito, el cabo Miguel Skennon, que lucha junto a los criollos.
Al avanzar hacia la ciudad con los trofeos de la victoria, lleva amarrado a la cureña de un cañoncito criollo al cabo Skennon. Las calles por donde cruza el prisionero le son familiares, y trata de retener en sus pupilas, por última vez, las imágenes de una tierra que él amó porque defendía su libertad. Por última vez… porque nueve días más tarde. Previo consejo de guerra, Miguel Skennon fue fusilado.

Así pagó con la vida su amor a este suelo, el primer arraigado».

 

Herminia Brumana. A Buenos Aires le falta una calle, de su libro del mismo título. 1953.

Siempre hubo mucho que decir III

Siempre hubo mucho que decir III

Es la de Herminia Brumana, por lo tanto, una literatura pensada desde lo cotidiano, cargada de valentía y fuerza, y proyectada al exterior. Sin embargo, su activismo literario nunca llegó a ser parte representativa de ningún canon. Esto no solamente no es insólito, sino que es lo habitual en un sistema masculino, tanto desde el punto de vista literario como social, y muchas voces femeninas que utilizaron su literatura para plasmar sus inquietudes sociales pasaron, de este modo, al olvido. Es el caso de Luisa Carnés, una republicana española condenada al exilio tras la Guerra Civil, cuya obra se asemeja en muchos sentidos a la de nuestra argentina. En sus narraciones, Carnés bregó por sus ideales de libertad, denunciando el sistema patriarcal y la dependencia de las mujeres, el racismo, la desdicha de los presos políticos o la precaria situación laboral de la clase obrera. Sus mismas preocupaciones las compartía, al otro lado del océano, Herminia Brumana. Aunque la mayor parte de su obra se dedica a la observación e interpretación de la mujer argentina, nunca dejó de lado otras cuestiones sociales como el desempleo en las ciudades, la emigración forzada a otros países o la deficiente situación de la educación en la Pampa. Sin embargo, las obras de estas mujeres pasaron desapercibidas en la historia y el paso del tiempo borró sus huellas. Hoy estamos reparando su olvido. Siguen teniendo mucho que decir.

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A la izquierda, Luisa Carnés; a la derecha, Herminia Brumana.

 

A quince kilómetros del cortijo La Marquesa estaba el pueblo más cercano. Un pueblo chico (dos mil almas): el ayuntamiento, la iglesia, callejones sin empedrar y, en la plaza, una fuente con su pilón al pie, donde abrevaban las bestias.

En su borde solían sentarse los hombres sin trabajo. Algunos se acomodaban en el suelo, apoyando la espalda sobre el pilón; otros se sentaban en su borde. Fumaban unos cigarrillos delgados; cambiaban palabras entre sí; pero a veces permanecían callados durante horas enteras, clavados los ojos en la tierra o en la lejanía.

A esta improvisada lonja venían los conocedores de los cortijos a alquilar sus brazos, a discutir los contratos de trabajo en cada cosecha. Aumentaban los hombres en la temporada de recogida de la aceituna. Se agrupaban en la plaza viejos, jóvenes, niños. La presencia de los hombres que ofrecían la contrata sacaba de su somnolencia a aquella masa casi inmóvil. Se discutía el jornal, se peleaba horas y días. El contrato comprendía a toda la familia, incluso a las mujeres y los niños. Se regateaba y, finalmente, se llegaba a un acuerdo. Y al otro día, quince o veinte familias abandonaban el pueblo por el cortijo. Iban sobre sus carros omulos, y los que carecían de ellos, a pie. Se incorporaban a la cuadrilla de trabajadores albañiles, barberos, veterinarios… Y durante dos meses (el tiempo que solía durar la cosecha de la aceituna), el cortijo era un pequeño pueblo donde la cuadrilla de aceituneros (cincuenta o sesenta personas) trabajaba, amaba y sufría. Bajo los olivos nacían a veces niños y morían ancianos. Comenzaban unas vidas y terminaban otras…

Pero esta vez fue distinto. Aquella tarde los hombres permanecieron sentados en torno a la fuente, y nadie llegó a alquilarlos.

Luisa Carnés, «Olivos», en Trece cuentos, Hoja de Lata

 

Yo tengo un hijo. Para darle vida expuse la mía. Quedé enferma para siempre. Sufrí por él. Viuda, no me quise volver a casar por no darle un padrastro… Sacrifiqué, pues, mi juventud. Me consagré a él. Ahora está grande. Es un hermoso joven, lleno de ilusiones. Quiere ser útil, quiere trabajar, pero no encuentra ocupación. Yo no puedo más. Y tengo que ir a pedir, a un lejano amigo de la familia, el favor de una recomendación para el empleo público. Cierto, mañana mismo. ¿Cómo le diré? Señor diputado…, señor… Yo venía… Si usted pudiera hacer algo por Carlitos… Un puestito…, lo que sea. Dios mío, ya estoy extendiendo la mano como si estuviera pidiendo limosna. ¡Qué ridículo! ¡Yo no pido limosna! ¡Yo pido trabajo para mi hijo! ¡Reclamo el derecho de ganar su pan y el de su madre! ¡Dios mío, qué duro es pedir aunque sea trabajo! ¿Cómo le diré? Señor diputado… ¡Bah! Me dan ganas de irme con Carlitos al cruce de una calle transitada y gritar a los que pasan, a toda voz para que me oigan bien:

—Aquí está mi hijo. Es mío, lo he criado. Si lo hubiera matado o abandonado de pequeño, todos ustedes me hubieran condenado. Lo hice hombre con mi sacrificio y mi esfuerzo, le di instrucción y buenos ejemplos, sentido del bien y del mal, es un lindo muchacho. Ahora no puedo hacer más por él, mis años y mis dolencias físicas me imposibilitan seguir ayudándolo.

»Pero no hay trabajo, no hay tierra, no hay nada que hacer y yo pregunto, les pregunto a ustedes, que deben saber más que esta pobre mujer ignorante: ¿QUÉ HAGO CON MI HIJO?

Herminia Brumana, «¿Qué hago con mi hijo?», en La vida de pie, Libros de la Ballena

Siempre hubo mucho que decir II

Siempre hubo mucho que decir II

Es cierto. Quizá el feminismo ostenta hoy día uno de los discursos más potentes a través del cual poder dialogar con una realidad particular: la nuestra. Y no solo resulta importante el lenguaje que lo atraviesa, sino los actos que lo vertebran, las acciones que le dan forma –ya sean pequeñas o grandes–, los matices que impregnan su natura y su carácter inclusivo como práctica disidente. Porque de todos los escenarios posibles a los que se sujeta y somete el individuo tal vez sean las reflexiones y discusiones en torno al género aquellas que repercuten de forma más directa sobre nuestro ser íntimo. Hablamos, en realidad, recordando en cierta medida a la escritora española Carmen Martín Gaite, de unos usos amorosos que guardan una estrecha relación con nuestra identidad porque la definen y dan fe de la misma continuamente. En este sentido, el feminismo podría representar un bastión político e interior desde el cual enarbolar, sin ápice de violencia, nuevas herramientas para la construcción de una identidad que se aleje de existencias precarias y ocultas. Un modo, en fin, de vivir con el mundo desde el mundo. El feminismo, como espacio discursivo, ofrece un comienzo estimulante: la posibilidad de renovar el pacto con nuestro contexto. Tanto es así que podríamos atrevernos a hablar de la existencia de tantos feminismos como circunstancias espacio-temporales sucedan. Pero, ¿desde dónde mirar? La mujer, confinada, casi desde siempre, al reino de lo doméstico aceptó la feminidad como un relato uniforme e inherente a su ser; un cuento que, narrado desde fuera, requería de una narración en primera persona. Casi inevitablemente palpamos, en esta última afirmación, un imperativo biológico que atenta directamente contra el ser auténtico de las mujeres. Sí. Se es madre, se es esposa, se es mujer, se es trabajadora. Pero, ¿se es por cuenta propia? ¿Hay valentía o tierna resignación? Estas y otras preguntas fueron las que acudían constantemente a nuestra mente cuando nos enfrentamos a la obra de Herminia Brumana:

 

Es deber de las mujeres inteligentes guiar a las demás por el camino de la razón. En este caso, corresponde a ellas despreciar el prejuicio y no adoptar por imposición de la sociedad ese luto tantas veces malsano, muchas veces costoso, siempre frívolo y jamás reflejo del hondo dolor de un corazón desgarrado.

 

¿Protofeminismo? ¿Antifeminismo? ¿Feminismo conservador? A estas, como decíamos, y a muchas otras preguntas tuvimos que enfrentarnos a la hora de poner en marcha el volumen antológico. Sobre todo, a nuestra incomprensión, en muchas ocasiones, ante el vigor de su voz: muchas veces creímos nuestra militancia mejor que la suya. Porque olvidamos que fue maestra, que fue mujer, que era argentina, que se casó con un socialista y que quiso, ante todo, escribir. Pasamos por alto el contexto. ¡El contexto! Un contexto sobre el que siempre hubo mucho que decir. Y ella lo dijo. Y lo nombró bien. Desde su voz.